martes, 24 de noviembre de 2009

PSICOTERAPIA CON ANIMALES











Ayer día 23 de noviembre vi el programa de Canal Sur 2 Televisión "Animales en familia". Entre otros, el documental recogía un apartado sobre psicoterapia o terapia con una perra. Felicidades por el programa.

Esta no es la única terapia con animales que existe sino que, desde hace tiempo, se vienen utilizando otros animales, como los caballos o los delfines, con el fin de rehabilitar o estimular la vida de las personas con discapacidad.

Aranca es una Gran Danesa y el contexto que servía de marco era una residencia de ancianos. El animal se mostraba amigable con todos: los olía, se dejaba acariciar, pasear... La alegría de la casa. Los amables ancianos festejaban su presencia; incluso alguno de ellos guardaba en un papel arrugado un pedazo de pan duro como ofrenda y compromiso de amistad. Sin duda, este animal tan grande es un gran animal. No sé si acertaría a traducir la expresión facial del rostro de nuestra amiga pero, si me atreviera, la describiría como natural, bondadosa y firme, leal y protectora. Su presencia embriagaba aquel lugar que contagiaba sin que nadie lo bebiera.

Según los comentaristas de este documental, el éxito de esta terapia reside en el tipo de relación que se establece entre el animal y la persona: un tipo de relación desprejuiciada, de igual a igual, honesta, franca, sincera, alegre, afectiva, cercana, cariñosa, recíproca, agradecida... ¡Qué gran animal tan grande! El animal no visitaba a los ancianos porque era domingo o fiesta de guardar; no buscaba una cercana herencia ni le movilizaban los sentimientos de culpa; no hacía cumplidos y no se acercaba por cumplir; tampoco estaba amenazado. Quería descondicionadamente. Ese era y es su talante. Es así, el perro, el mejor amigo del hombre.

Incluso me atreví a pensar que la perra también se sentía especial y positivamente estimulada por ese aislado olor: el de una residencia de ancianos: cada quien era cada cual, el o ella, de eso no había duda, pero más intensamente que durante la juventud de cada uno de ellos.
Este documental me dejó un sabor agridulce. Dulce porque nuestra amiga encarnaba la amistad. Agrio porque, nosotros, los humanos estamos perdiendo lo que este animal todavía conserva. No deja de sorprender ambivalentemente que, en este contexto, los otros sean más capaces, más eficaces para alegrarnos o curarnos. ¿Tan ajenos somos a nosotros mismos?

Este panorama refleja a mi entender una sociedad que se defiende de sí misma. Utilitarista, pragmática y funcional, a imagen y semejanza de su redonda y apreciada moneda, que conserva en guetos a sus ancianos para que no dificulten la productividad de nuestras familias desestructuradas con la encantadora excusa de una atención más especializada y permanente.

...yo quisiera ser civilizado como los animales.


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