viernes, 4 de diciembre de 2009

UN CLAVO ARDIENDO








Agarrarse a un clavo ardiendo. Esta expresión tiene un significado sobradamente conocido por todos. ¿Cómo es posible que nos agarremos a algo que nos va a hacer daño? ¡Cómo es posible! Y, sin embargo... nos agarramos.

La resolución de esta paradoja sólo se entiende si conocemos lo que puede ocurrir si no nos agarramos. Sin duda, las consecuencias negativas de no agarrar el clavo ardiendo hoy deben ser muy superiores a las quemaduras y lesiones que me va a producir el asimiento.
Al comparar entre ambas opciones decido el clavo ardiendo. Es una situación difícil y dolorosa pero, afortunadamente, provisional. Al menos eso quiero creer.


Y elijo el clavo ardiendo.

Sin embargo, la situación no era provisional como yo pensaba. Me doy cuenta de que al coger el clavo ardiendo mantengo junto a mí lo que no quiero soltar.


Esa es mi necesidad. Y opto por no soltar.

En cierta manera, y de una manera cierta, mi necesidad ha provocado ya una quemadura. Cada vez que agarro el clavo ardiendo mi cuerpo se quema más; ya puedo observar las cicatrices profundas del ayer. Pero cada vez que me daña, cada vez, siento el imperceptible placer de mantener junto a mí este objeto ambivalente.

¿Cuánto tiempo aguantarán así mis manos?

¿Cual es realmente mi necesidad?


Y hoy elijo soltar definitivamente.


Al final, comprendo que un clavo ardiendo no se ha hecho para la mano, para ninguna mano.


Todo ha sido un espejismo.



A Sergio R.

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