lunes, 28 de junio de 2010

LA EDUCACIÓN AUTORITARIA (II)











Hablábamos hace algunos meses que la educación autoritaria se caracterizaba principalmente por:

- Una relación asimétrica entre dos personas
- La relevancia que para la persona sometida tiene la figura autoritaria
- La utilización del miedo como motivador para la obediencia

Estos tres aspectos que acabamos de mencionar suelen ser los más evidentes y conocidos.

Sin embargo, existen otras dimensiones menos exploradadas pero no por ello menos importantes; dimensiones que, por su delicada y malentendida naturaleza, no suelen ser abordadas de una manera tan clara como las anteriores.
Ocurre con frecuencia que la persona sometida, explícita o implícitamente, elabora un discurso racionalizador, que intenta explicar, y a veces justificar, esta relación asimétrica.
La poderosa distorsión de la percepción de la persona sometida hace que lo asimétrico le parezca simétrico, que lo anormal tenga visos de normalidad porque ha sufrido un proceso de normalización de la anormalidad.

De esta manera, la relación autoritaria no sólo consigue obediencia por parte de la propia persona sometida. Además, ésta última es capaz de articular el sostén teórico que racionalice la realidad que se está viviendo. Esta complicidad de la persona sometida con la persona autoritaria en modo alguno supone consentimiento alguno por parte de aquella aunque, externamente, así lo parezca. Tal consentimiento es sólo el fruto maduro del miedo que ha conseguido socavar cualquier intento de insubordinación. Esta es la razón por la que resulta, en muchas ocasiones, tan difícil salir de esta situación.

Es difícil imaginar cuales son los sentimientos de una persona en una situación así. En mi opinión, en el interior de una persona sometida late un ambivalencia que no ha tenido todavía la fuerza de manifestarse, una rebeldía tácita que expresa, en silencio sonoro, el anhelo de otra realidad.

Otra forma de SER es posible.