miércoles, 16 de febrero de 2011

LA CURVA DE LA FELICIDAD


























Hoy hablaremos sobre la felicidad, ese estado mental y corporal tan hablado, inasible y misterioso.

El camino hacia la felicidad sólo es curvo en determinado sentido.

Llamamos curva de la felicidad a la línea, más o menos pronunciada, que destaca cuando nuestro abdomen se ha dilatado. En muchas ocasiones, tal estado no es mórbido sino que delata una costumbre alimentaria desmesuradamente mal educada. Dilatamos progresivamente nuestras panzas, ingiriendo alimentos y bebidas en una cantidad muy por encima de nuestras necesidades reales. La mezcla de una ingesta sobreabundante y vida sedentaria da como resultado el prominente estado que llamamos la curva de la felicidad.

Probablemente, en periodos de escasez, tener una barriga parabólica haya sido síntoma de abundancia, de tener. Nuestra gordura representaría un reservorio seguro ante potenciales estados de carencia. Sin embargo, en este momento, en nuestra sociedad occidental, este embarazo alimentario no se debe a razones preventivas.

Por el contrario, tener barriga representa en muchas ocasiones el reflejo de una compensación. Comemos para llenar, para liberarnos del sentimiento de ansiosa carencia en el SER. Comer se ha convertido en el sucedáneo del tener pues representa la forma más accesible e inmediata de huir de la angustia. Además, la obesidad también es la puerta de entrada a futuras enfermedades de tipo vascular, osteopáticas,... etc.

Decimos certeramente que es importante cuidar la línea pero debemos matizar nuestra aseveración porque nos estamos refiriendo aquí a una línea recta, no curva.

Comer para consumir; consumir para tener; tener para SER... Por esta razón, no podemos seguir llamando a este idiosincrásico trazado la curva de la felicidad.

Existe otra curva más cercana a la descripción de felicidad. Se trata de una curva que refleja cómo aumenta nuestra felicidad a medida que tenemos. Si partimos de un estado de carencia absoluto, cualquier pertenencia que aplaque ese estado inicial, eleva nuestra sensación de felicidad en igual proporción. Esto ocurre durante los primeros tramos. Sin embargo, cuando nuestras necesidades más importantes se encuentran cubiertas, el incremento neto de felicidad que se produce no es tan grande como al inicio de su recorrido. Observamos cómo la curva de la felicidad alcanza una asíntota, un punto máximo, que tiende a ser estable en el tiempo aunque se produzcan nuevos incrementos en el patrimonio.

En nuestra civilización, tener las necesidades básicas satisfechas es un tipo de felicidad relativamente asequible. Por esta razón, es importante darse cuenta de la dimensión de tener cuando lo necesario está cubierto. A partir de determinado momento, tener no incrementa significativamente nuestra felicidad.

Tener no llena completamente el SER porque el SER se alimenta de sí mismo, danto testimonio de otra forma posible de SER.

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