lunes, 10 de octubre de 2011

Mi










Palabra harto oída sin que atisbemos en el horizonte la dimensionalidad de lo que expresamos.

Este hábito de connotar propiedad sobre las personas está introducido en la cultura como un derecho legítimo, que no hay que revisar a pesar del sufrimiento diario que causa. Una afectación del alma que impregna nuestras relaciones más cercanas: "Es mi hijo", "Es mi hija porque yo soy su madre", "Es mi marido ", "Es mi mujer porque yo soy su marido", "Es mi amigo", "Es mi empleado ...", "Es mi...". "Mi": adjetivo posesivo.

Sin embargo, no hay tal documento de propiedad. En el mejor de los casos, una partida de nacimiento que expresa el origen biológico inmediato del nuevo ser traído al SER o un documento de mutuo compromiso con el otro. Pero no existe tal propiedad. Tampoco posesión, cesión o usufructo.

No existe objetiva pero sí subjetivamente.

Existe un sentimiento de propiedad que actúa como si una legitimidad invisible refrendara cualquier actuación sobre el objeto poseído. Y escribo la palabra "objeto" porque la consideración de las personas como propiedad cosifica, objetiva, un tipo de relación esencialmente humana.

Las consecuencias de tales sentimientos no suelen quedarse en una sensación interior de posesión. Por el contrario, tienden a hacerse explícitos, a materializarse.


Porque alguien se siente dueñ@, y otr@ esclav@,

actúa como poseedor y el otro como poseído.


Pero no escribamos más en abstracto. Pongamos un ejemplo.

Muchos padres sentimos que nuestros hijos son una propiedad, que nos pertenecen. Si nos preguntaran, obviamente, lo negaríamos. Sin embargo, debemos poner la atención en nuestra conducta. No tanto en las palabras.

En tales situaciones, se producen múltiples iniciativas de los hijos que rechazamos, explícita o implícitamente, por la sencilla razón de que no nos parece bien. "Es por tu bien", decimos.

De mantenerse, las consecuencias de este tipo de situaciones suele provocar, a la larga, una baja autoestima y falta de seguridad en uno mismo, con independencia de la edad o posición social a la que hayamos llegado.
La influencia del poder aspira a ser total y suele trascender el propio periodo de la crianza: elección de la pareja, vida conyugal, crianza de los nietos o nuestra relación, en general, con el resto de las personas.

Aprendo a ser propiedad. Más tarde, sólo me queda derivar.

Y derivo para no ser pasto del miedo o la culpa, que es una forma de miedo.

Aunque no debemos generalizar, generalizo; porque me parece un fenómeno social tan pernicioso como extenso.

Es una realidad adherida pero, objetivamente, creo que otra forma de Ser es posible.